Transculturalidad o más de lo mismo

13/07/2022

Pocos días atrás, una joven, hija de inmigrantes marroquíes, racializada y con el cabello cubierto por el velo islámico realizó la defensa de su tesis doctoral en la Universidad Autónoma de Madrid. Ese mismo día, en el suplemento cultural de unos de los periódicos de mayor tirada se debatía largo y tendido, con opiniones pesimistas, sobre el significado de ser español en el siglo XXI. La coincidencia hizo que plantease una idea que hace tiempo ronda en diferentes ámbitos y que resulta un tanto a contracorriente y, quizás, para algunos, controvertida: la afirmación de que en España podríamos encontrarnos ante una situación privilegiada.

A diferencia de otros países, dentro de las fronteras del Estado español, desde la pérdida de Cuba y Filipinas, no hay una respuesta clara ni unánime que aporte brillo y consenso sobre la cuestión identitaria. En cambio, comprobamos que, en Inglaterra, en Francia, en Alemania… sí existe un sentimiento patriótico generalizado, no lo ocultan ni es presumiblemente casposo. Y en escasas ocasiones se justifica tal entusiasmo con ideas extremas, de no ser muy evidentes y estridentes como ocurre con la extrema derecha y los movimientos racistas que por desgracia campan por doquier y en masa en cualquier lugar. Es cierto, por otro lado, que, en estos países, con un pasado imperialista y colonizador atroz, como el español, la cuestión migratoria, a día de hoy, sigue sin resolverse favorablemente y la resolución de los conflictos derivados de la misma cuestión siguen siendo una tarea pendiente. Los modelos y ensayos asimilacionistas, multiculturales, pluriculturales… no han funcionado por una sencilla razón: estaban destinados al fracaso. De esta manera se garantiza y mantiene una hegemonía social y capitalista que no altera el tradicional status quo perpetuando un modelo social reduccionista en el que cada actor ocupa un puesto predestinado: ellos y nosotros. 

Según mi parecer, la situación privilegiada en la que nos encontraríamos nace de ese mismo error ajeno al que podemos acogernos para no repetir ni copiar un ensayo social que no mejora las condiciones de la ciudadanía ni tampoco aporta ningún beneficio social duradero. Además, contamos con nuestra propia experiencia fallida abanderada por un concepto que puede comprenderse y defenderse, sobre todo en el ámbito académico, pero que resulta ser engañoso ya que en la praxis también ha desencadenado en un “ellos” (los supuestos inmigrantes) y en un “nosotros” (la supuesta sociedad de acogida) tratando de homogenizar a la ligera lo desigual, presumiendo una igualdad de derechos y oportunidades, y que conocemos como interculturalidad. Durante muchos años se ha asegurado que el modelo social que debíamos aplicar debía ser el intercultural sin tener en cuenta, o invisibilizando adrede, que para que dicho modelo funcione las diferentes culturas interpeladas han de gozar de los mismos privilegios y respeto, las mismas oportunidades y la misma exigencia, además de dejar de dar por hecho que cualquier persona racializada es y será un inmigrante en constante movimiento migratorio. No olvidemos que la mayoría de ocasiones en las que se ha procurado realizar políticas interculturales, estas iban acompañadas de la expresión “sociedad de acogida” ignorando implícitamente las siguientes cuestiones: ¿Cuándo un inmigrante pasa a formar parte de dicha sociedad de acogida? ¿Cuándo empezamos a considerar a una mujer con velo compatible con los valores y la cultura occidental? Probablemente, hasta que en el imaginario colectivo no asumamos que un inmigrante y sus hijos (los mal llamados “segunda generación”) son parte de esta sociedad de acogida, todos los intentos por defender y aplicar la interculturalidad resultarán incompletos.

Si observamos los demás países con un pasado similar podemos afirmar que el fenómeno migratorio en España es mucho más reciente. Aunque no podamos hablar de una sociedad neófita por razones obvias, sí que resulta en este aspecto mucho más “primeriza” que las del entorno, lo que permite que en menos tiempo se pueda abarcar más camino. En menos tiempo se ha podido concluir que hay una diferencia considerable de lo que resulta ser español, catalán, gallego en comparación con tan solo unos años, como por ejemplo en los noventa cuando la inmigración se celebraba políticamente (en la intimidad) ya que el Estado se aseguraba a corto plazo una generación de mano de obra barata. Más de treinta años después, tras el fracaso de conceptos y de políticas oblicuas que implementan y usan sin profundizar expresiones como integración, multiculturalidad, interculturalidad… los hijos y las hijas de aquellos primeros inmigrantes están aportando a la sociedad una cuestión que ha venido para quedarse: Barcelona, Cataluña, España es y será transcultural o no será. En tan solo tres décadas la población migrante ha pasado a representar un 10% de la población total y si entendemos una sociedad como un conjunto de humanos que cambian con el tiempo solo podemos aceptar que la sociedad en la que vivimos es transcultural, que inevitablemente mediante la interseccionalidad está confrontando un modelo uniformador. Con transculturalidad entendemos una sociedad que se expande y que muta con el tiempo al mismo ritmo que los rasgos propios van disociándose como cualquier otra evolución natural, siempre sumando las diferencias y las distintas realidades. Es decir, hace treinta años, pocos imaginaban una chica española de origen marroquí, musulmana, con el pelo cubierto defendiendo una tesis doctoral y obteniendo la mejor de las cualificaciones. Hace treinta años no nos encontrábamos con profesores, médicos, conductores de autobuses, escritores, pedagogos, periodistas, actores, bomberos… con apellidos chinos, árabes, senegaleses o filipinos. En definitiva, ocupando prácticamente todas las esferas de la sociedad aún partiendo de un cúmulo de desigualdades, de estereotipos discriminatorios, de la segregación racial por barrios, de las trabas administrativas, del microracismo cotidiano, de la estigmatización constante por parte de los medios, de la falta de un plan o proyecto de convivencia por parte de las autoridades… Ejerciendo una laboriosa resistencia al desarraigo y siendo el motor de las nuevas evidencias, de la constante transformación de la realidad que les rodea. En un entorno en que la diversidad se celebra de manera folklórica han sido y están siendo estos ciudadanos los que están mostrando que las sociedades no son entes inalterables y que la convivencia es la única salida y solución a la pregunta de qué sociedad somos.

Es cierto que en Francia o en Inglaterra también vemos, y desde mucho antes, como personas racializadas ocupan puestos visibles y referenciales, pero aquí todavía estamos a tiempo de generar unos espacios en que la transculturalidad replantee el global de la sociedad y dejemos de pensarnos como un monolítico fosilizado en que su máximo exponente es, siglos después, el Cid Campeador.

 

Autor: Youssef El Maimouni (Ksar el Kebir) licenciado en Filología árabe y Máster en Resolución de conflictos. Actualmente es director de un Espai de Joves en Barcelona y es autor de la novela Cuando los montes caminen, Roca editorial.

Artíuclo escrito en el marco de una colaboración con Bayt al-Thaqafa, para promover la reflexión sobre la inclusión, la diversidad, la transculturalidad, y temáticas relacionadas con la labor de la entidad.

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