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La invisibilidad de las mujeres refugiadas

10/12/2016

El pasado 20 de junio fue el Día Mundial de los Refugiados. Pero este año había poco que celebrar, y mucho que denunciar. Si hablamos de refugiados y de colectivos vulnerables, tenemos que tener muy presente el caso de las mujeres. Ellas sufren una situación doble de invisibilidad tanto por su condición de mujer como de pertenencia al colectivo de refugiados. Las mujeres refugiadas sufren violencia de género no sólo en su país de origen, sino en su trayecto de huida a países de tránsito o incluso de destino.

Según datos de ACNUR y CEAR, en 2015 la mitad de las personas refugiadas en el mundo eran mujeres. En junio de 2015 un 27% de los refugiados que llegaban a Europa eran mujeres y niños, a inicios de 2016 este porcentaje se elevaba al 55%. Esto nos muestra un cambio de tendencia: cuando comenzaron a llegar refugiados, el perfil era el de hombres jóvenes. Ahora encontramos familias enteras y mujeres que viajan solas o con niños, embarazadas y lactantes, niñas y adolescentes.

Las mujeres padecen, prácticamente en todos los países del mundo, y en mayor o menor medida, situaciones de desigualdad y subordinación. Éstas pueden ir desde formas sutiles de discriminación en el lenguaje hasta violaciones graves de derechos fundamentales. No hablamos de situaciones extraordinarias sino de agresiones contra la vida y contra su integridad, de torturas y de tratos inhumanos demasiado frecuentes.

Entre los instrumentos disponibles para luchar contra esta situación encontramos el derecho de asilo, que ha de proteger a todas aquellas mujeres que huyen de su país perseguidas por motivos de género. La UE debe asegurar que la lista común de países de origen seguros no aboque a un trato procedimental menos favorable para las mujeres cuyas solicitudes de asilo se basan en temores fundados de sufrir violencia por razón de género o por haberla sufrido. Y, por su parte, los Estados miembros deben ratificar el Convenio de Estambul que exige que se atienda a consideraciones de género en los procedimientos de acogida y asilo.

En su obcecación por cerrar las fronteras a las personas (potencialmente) refugiadas, la UE ha condenado a este colectivo a emprender travesías cada vez más arriesgadas en su huida. Durante 2015, se registraron malos tratos físicos y explotación económica, violaciones y vejaciones entre las mujeres sirias e iraníes que huían de sus países en su trayecto de Turquía a Grecia por los Balcanes. Las refugiadas sirias y palestinas viven una situación similar en Líbano.

Estas actuaciones las llevaban a cabo no sólo hombres con los que se cruzaban en su camino, sino personal de seguridad y traficantes, quienes muchas veces fuerzan sexualmente a las mujeres para “pagar” por documentos o por el propio trayecto. Las agresiones también se dan en los campos y centros de recepción de Hungría, Croacia y Grecia. ACNUR y la Comisión de Derechos de la Mujer e Igualdad de Género del Parlamento Europeo denuncian que estos centros no cumplen con los estándares mínimos para evitar riesgos de violencia de género.

Por todo esto, exigimos abrir de inmediato vías seguras y legales, un enfoque coordinado de prevención de violencia de género para las refugiadas y migrantes que atraviesan Europa, y apoyo por parte de los Gobiernos para identificar y responder a esta problemática. No sólo se deben ocupar de ello los actores humanitarios. Visibilicemos a las mujeres refugiadas.

 

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