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Un viaje desde las tierras de Oriente hasta las clases del Bayt

05/01/2018

Hace casi cincuenta años, cuando todavía era estudiante de física en la Universidad de Barcelona, salí de casa para conocer el mundo.

Mis pasos se dirigieron hacia Oriente porque en aquellos tiempos estaba de moda; hasta los Beatles se iban a la India en busca de su gurú.

Entonces y dada mi condición de estudiante con pocos medios, viajar en avión era prohibitivo. Crucé pues el Mediterráneo en barco y llegué a Beirut. Desde allí, en autobuses atravesé el Líbano, pasé por Siria y Jordania, crucé Irak e Irán y llegué a un país extraordinario que me fascinó: Afganistán. De pronto era como si me hubiera trasladado en el tiempo dos mil años atrás y estuviera metida en un belén. Allí me quedé, en una ciudad llamada Kandahar. Los países por los que había pasado eran musulmanes y Afganistán también. En todos ellos me acogieron con respeto y cariño.

Algunos años más tarde, cuando ya había terminado la carrera y estaba dando clases de física y matemáticas en un instituto, la llamada de Oriente me inquietaba, quería irme de nuevo, pero no para pasar unas vacaciones como turista sino para instalarme, conocer su lengua y sus costumbres, respirar su aire. Fue entonces cuando tuve la oportunidad de optar por una beca que ofrecía el Gobierno de Irán para licenciados universitarios que quisieran estudiar lengua y literatura persa. Dejé el instituto y desde entonces mi vida ha girado entorno a países como Irán, Afganistán, Pakistán e India. Viviendo y trabajando allí primero y después escribiendo sobre ellos.

Tantos años de vivencias han ido creando una red de amistades profundas, amistades del alma que pese a los avatares de la historia, guerras, huída, cárcel, emigración…se han mantenido hasta el día de hoy.

Cuando llegó la hora fundé una familia en Barcelona con mi marido que comparte conmigo el amor por aquellos países.

Nací en una familia cuya madre nos enseñó a mantener las puertas abiertas de la casa y del espíritu. Si a mí, una mujer, me abrieron sus puertas y me acogieron en países musulmanes, con educación y cariño, ¿cómo no iba yo a corresponder?

Una oportunidad llegó cuando conocí la fundación Bayt al-Thaqafa. Me hice voluntaria. Empecé con alfabetización de mujeres pero veía por el piso de la calle Princesa, donde acudíamos, corretear a los niños que venían a refuerzo escolar. La clase donde hacían los deberes al salir de la escuela estaba llena de críos, y algunos ya mayorcitos. Entonces recordé que había sido profesora de física y de matemáticas y que podría ser útil ayudando a aquellos estudiantes y propuse hacer un grupo de estudio separado del ruido que generan los más pequeños y que dificulta la concentración. Así empezamos con un grupito de niños y niñas de Pakistán, India, Bangladesh, Marruecos y China que cursaban tercero y cuarto de la ESO y seguimos adelante. Alguno se dirigió luego a formación profesional, otros a bachillerato. Con el paso del tiempo unos ya trabajan, alguno incluso está terminando una carrera universitaria. Otros estudiantes cogieron el relevo de los primeros a medida que iban creciendo y avanzando en sus clases. Y así seguimos. Las condiciones familiares de estos chicos son difíciles y requieren por parte de ellos de mucha voluntad y esfuerzo para conseguir objetivos que a otros nos parecen fáciles. Ahora somos un grupo de profesores voluntarios que ya llevamos años dedicados a esta labor. Isabel era profesora de inglés en un instituto. David es físico, como yo y está jubilado. Jesús es ingeniero y todavía trabaja. María Lluisa era profesora de catalán. Aparte de estudiar, lo pasamos bien. Estos estudiantes nos aportan optimismo y energía y vemos que si consiguen sus objetivos están orgullosos de ser ciudadanos de nuestro país. Y de eso se trata.

Pienso que Bayt al-Thaqafa es una organización humilde, como lo era su fundadora Teresa Losada, humilde pero con una intensa voluntad a la hora de ofrecer ayuda sin discriminación y desde abajo. Y su largo recorrido la avala.

 

(articulo escrito por Ana Briongos, escritora, viajera y voluntaria del Bayt)

 

 

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